Aislado
Género: Terror

Aislado
Este relato fue el ganador del tercer premio de Villa de Binéfar en el año 2007.
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AISLADO
La mayoría cree que son los dueños de su propio destino, que nadie lo controla, pero no es así. La vida de cada uno siempre es regida por otros…
Pedro se dirigía a su trabajo como todos los días. Estaba muy contento porque le habían ascendido en su oficina y le cambiaban de la planta de archivo a la de contabilidad. Iba pensando en el fantástico fin de semana que había pasado con Elena, su novia, en el albergue rural. Nada más volver habían tenido una pelea por lo mismo de siempre, ¿cuándo se iban a prometer? Tras mucho reflexionar se había hecho el firme propósito de pedirle en matrimonio en cuanto hubiera cobrado su primer sueldo y comprado ese anillo de pedida que había visto hacía ya varias semanas. Sería cuando él lo decidiese, no por sus constantes presiones.
Esperó a que el semáforo se pusiera en verde para cruzar por el paso de cebra. No quería que algún conductor lo atropellara. En cuanto llegó al otro lado de la calzada, la luz verde comenzó a parpadear anunciando el inminente cambio a roja.
Con tranquilidad, iba con tiempo de sobra, continuó a lo largo de la calle, observando los escaparates de las tiendas. Cuando llegó al final, se dio cuenta que estaban todas cerradas, incluso el famoso café-bar “el Cafetal”de la mitad de la manzana. Miró la agenda de su móvil y cayó en la cuenta de que era lunes, tal vez por eso no estaban abiertas por la mañana.
Se detuvo ante el paso de cebra en espera del cambio de semáforo. Cuando pasaron unos minutos empezó a impacientarse. ¿No iba a cambiar nunca el disco? Tras esperar otros cinco minutos optó por creer que estaba averiado y se dirigió a la siguiente esquina, ya que no había paso de cebra en el otro sentido, pero en cuanto se acercó, el semáforo cambió de color y los coches arrancaron a toda velocidad. Volvió a esperar pacientemente mientras veía cómo los coches circulaban sin parar.
Diez minutos después, harto de esperar, se dirigió calle abajo para cruzar por la siguiente esquina, aunque fuera en dirección contraria a su trabajo. Para su sorpresa, la situación se volvió a repetir. Al llegar el paso de cebra, el semáforo estaba verde, pero al ir a cruzar cambió a rojo. Los coches, sin permitir que transcurriera medio segundo, arrancaron violentamente sin darle oportunidad de cruzar.
Armándose de paciencia esperó de nuevo el cambio. Miró tras de sí y, con rabia, observó que el semáforo en el que antes había estado esperando, permanecía de color verde, permitiendo el cruce y que los coches se acumulaban dócilmente ante el paso de cebra. Respirando profundamente, intentó no enfurecerse y cuando volvió a mirar el suyo para ver si daba señales de cambio, cayó en la cuenta que durante todo este rato no había estado con nadie esperando. Miró a su alrededor no viendo a nadie en la acera. En cambio, por la calle de enfrente había abundante tránsito. Volvió a mirar a las dos aceras que podía ver desde su posición, de su manzana y constató que se encontraban totalmente desiertas.
Una gota de sudor frío discurrió por su sien. Debía tranquilizarse. Tenía que ser una de esas extrañas casualidades, no debía “emparanoiarse”. Miró el reloj y vio con sorpresa que ya llegaba tarde al trabajo, ¡y en su primer día en el nuevo puesto! Cogió el móvil y marcó el número de la empresa, una voz fría y pregrabada le informó de que no había cobertura. ¿Cómo demonios no iba a haber cobertura a tres manzanas de la compañía telefónica más importante del país?
¿Y si corría? Con ímpetu corrió hacia la primera esquina que vio que el semáforo permanecía en verde pero en cuanto llegó volvió a cambiar. Sin detenerse, desanduvo lo corrido hacia el que estaba, ya que durante su carrera cambió a verde. Al llegar, se puso en rojo comenzando de inmediato la interminable procesión de coches.
Tras intentarlo un par de veces, consiguiendo únicamente agotarse, tomó la determinación de detenerse a mitad de manzana y cruzar cuando la circulación disminuyera.
A mediodía ya había revisado toda la manzana, comprobando que ninguna tienda o alguna de las tres cafeterías estaban abiertas. Empezaba a tener hambre. No importaba, a la tarde las tiendas abrirían y saldría de esta “broma de mal gusto” Alguien lo iba a pagar muy caro.
Cuando su reloj marcó las cinco en punto, comprendió que ninguna tienda iba a abrir ese día. El pánico le invadió y comenzó a gritar como un loco a la gente que paseaba por la acera de enfrente. El ruido del tráfico era tan intenso que su voz era sistemáticamente tapada por los ruidos de los tubos de escape, motores y por la propia circulación. Un par de personas miraron en su dirección pero se encogieron de hombros al no reconocerle, siguiendo su camino como si tal cosa. Cuando estaba a punto de darse por vencido, una anciana pareció percatarse de su esfuerzo y se le quedó mirando, haciendo gestos de que no entendía lo que quería decirle. Tras quedarse casi afónico, la anciana decidió detener a un joven que pasaba por ahí, charlando sobre algo, señalándolo. El joven le respondió riéndose y la anciana le señaló gesticulando con desprecio. Dejó de hacerle caso y siguió calle abajo hasta que desapareció por una esquina. La desesperación hizo que se sentara en la acera, no podía gritar más, la garganta le dolía tanto que parecía que había tragado un puñado de carbones al rojo vivo.
No podía estar ocurriéndole esto. Tenía que ser una broma, una broma de pésimo gusto y podía estar seguro que el canal, radio o bromista tendría al día siguiente una denuncia en el juzgado.
La noche fue espantosa, el ruido del tráfico le despertaba constantemente. La frialdad y humedad de la acera le había calado hasta los huesos. Por suerte, a pesar de que la noche estuvo muy nublada, no llovió, eso fue lo único bueno que le había ocurrido. El estómago le rugía ferozmente y empezaba a tener sed. En ese instante cayó en la cuenta de que en su portafolio llevaba unos caramelos de menta. Con ansiedad abrió el maletín, recordando que siempre tenía unos pocos, por si sufría un ataque de tos en alguna reunión. Siempre tan precavido…, habría dicho su madre. Contó ocho. Se comería uno, los racionaría hasta que acabara esta locura. Le supo delicioso pero no le quitó la sed, de hecho se la aumentó. En ese instante recordó que en la acera que estaba al otro lado de la manzana, una toma de agua del suelo, perdía. Sin reflexionar, fue corriendo ignorando a los malditos coches. La pequeña y circular tapa metálica estaba ligeramente levantada por la presión del agua y permitía la fuga de un pequeño reguerillo. Sin pensarlo dos veces y utilizando el abrecartas de su maletín, y con no poco esfuerzo, consiguió desencajar la tapa. La llave de paso debía de estar averiada porque de ahí era de donde provenía la fuga. Acercó ávidamente los labios al agua y tras pegar un breve sorbo, dejó de fluir. ¡No podía ser! ¡Tenía que ser una cruel broma! La impotencia le hizo llorar como no lo hacía desde que era un niño. Tras algo más de quince minutos, empezó a serenarse, tenía que tranquilizarse y utilizar el cerebro. ¿Qué es lo que estaba ocurriendo? ¿Quién podía hacer algo así? ¿Por qué él era el objetivo?
Cogió el móvil de nuevo. Tan sólo le quedaba un nivel de batería pero seguía sin haber cobertura. Entonces cayó en la cuenta de que a veces los mensajes sí que llegaban a su destino aunque no hubiera cobertura, así que envió uno a Elena, muy breve, explicándole dónde estaba, con la esperanza de que avisara a la policía y le sacara de allí. Pulsó el botón verde y confirmó el envío. Casi al instante vio cómo en la pantalla el sobrecito desaparecía. El envío había salido con éxito. En ese instante cayó en la cuenta de que seguía peleado con ella y que si actuaba como en la última, en cuanto recibiera su sms lo borraría sin leerlo, al igual que hacía con los mensajes de disculpas que le dejaba en el contestador ya que sólo las admitía cara a cara. ¡Mierda! Alguien le echaría de menos… ¿o no? No tenía familia. En el trabajo ya no, ya que el nuevo puesto estaba cinco plantas por encima del antiguo, así que a sus ex compañeros no les extrañaría no verle.
Tan sólo hacía dos meses que se había mudado y en este breve lapso de tiempo no había prácticamente hablado con ningún vecino, un hola y un adiós como mucho. Para cuando se dieran cuenta de que no se dejaba caer por el apartamento, pasarían semanas. ¿Algún amigo? Lo dudaba mucho, desde que se echó novia, prácticamente había desaparecido de la vida social, así que no le echarían de menos y Elena seguro que seguía enfurruñada, ya que sus cabreos duraban semanas si no se mostraba suplicante durante varios días. ¡Menuda era! Así que nadie le iba a echar de menos, a excepción de los jefes del nuevo puesto que suponía que ya habrían dejado una docena de mensajes en el contestador.
¡Oh Dios! Era como si no existiera. Presa del pánico empezó a asomarse temerariamente a la calzada, a hacer gestos y a gritar a los conductores que pasaban. Un hombre gordo, calvo y con barba que conducía un coche negro, le miró fieramente y le hizo un brusco gesto con la mano para que retrocediera. Obedeció prestamente ya que parecía que el gordo no tenía la más mínima intención de detenerse. De hecho le dio la impresión de que había acelerado. La ira sustituyó al pánico y le dedicó una generosa ración de insultos de tal magnitud que le sorprendió hasta a él mismo. Para descargar su creciente ira, soltó una brutal patada a una papelera, arrancándola de sus enganches, partiéndose de la herrumbrosa cadena de sujeción. Sin pensarlo dos veces la cogió y, levantándola sobre su cabeza, la arrojó con furia contra el parabrisas del primer imparable coche que pasaba. La papelera dio en el medio de la luna y rebotó dejando una pequeña y casi inapreciable marca. <Imposible> Pensó. No podía ser tan gafe de elegir un coche con los cristales blindados. La abollada papelera fue arrastrada por los bajos de uno de los coches que le precedían. No podría volver a utilizarla.
Tenía que haber por lo menos una papelera por cada lado de la manzana. Corrió hasta la siguiente tras torcer la esquina. Se detuvo triunfante ante ella y con no poco esfuerzo, consiguió liberarla y arrancarla de la cadena a base de tirones.
Esta vez esperó eligiendo un buen objetivo. Al fondo vio que se aproximaba por su lado, un pequeño coche muy parecido a los antiguos “minis”. La elevó por encima de su cabeza, se acercó al bordillo y cuando pasaba a su altura se la arrojó todo lo fuerte que pudo. Para su sorpresa también rebotó, dejando una pequeña muesca en el cristal de la luna delantera. <¡Blindado! ¡Blindado también! Como mínimo el chofer llamará a la poli. Un ataque así nadie lo obvia> pensó esperanzado.
Para asegurarse, fue a la siguiente papelera. No iba a rendirse. ¡Él no! La arrancó tras varios infructuosos intentos y eligió otro objetivo de la lejanía. Esta vez fijó su blanco en un deportivo rojo. Se aproximó al bordillo, cogió la papelera como si fuera uno de esos martillos de las olimpiadas y empezó a girar sobre sí mismo. Cuando se encontró a la máxima velocidad de rotación y al llegar el deportivo a su altura, se la arrojó contra la luna, produciéndose un brutal impacto que increíblemente obtuvo casi idéntico resultado, ya que sólo astilló ligeramente el cristal. ¡No podía ser! Su esperanza de que alguno llamara a la poli se fue desvaneciendo. Aunque eso sería lo lógico cuando un loco te arroja algo así contra tu coche. La verdad es que ninguno de los conductores pareció reaccionar ante tan violenta acción. Obcecado, se dirigió a la última papelera. Esta le costó arrancarla bastante más, al empezar a acusar el esfuerzo de las anteriores. Se acercó al borde para otear su próximo objetivo. Entonces lo vio. No podía ser. Esperó a que pasara por su lado. ¡Era él! El mismo tío gordo, calvo y con barba que casi le atropella. Pensativo dejó la papelera en el suelo y se puso a observar con detenimiento el tráfico. En unos pocos minutos vio al primer coche al que había arrojado la primera papelera. No había error posible, la marca del impacto estaba sobre la luna. Durante la siguiente hora vio a los otros dos coches con sus marcadas lunas pasar ante él, sin que sus conductores le prestaran la más mínima atención. Fue al otro lado de la manzana y comenzó a controlar el tráfico. En algo más de una hora volvieron a pasar los cuatro. Se dirigió a la esquina donde había dejado su maletín y sacó un bolígrafo y en un folio apuntó, de una veintena de coches, las matrículas, el color y la marca. Luego se fue a la esquina opuesta y esperó. En una hora habían pasado todos.
Estaba atrapado. Esto era una trampa. No había salida. Ese día decidió plasmar en papel lo que le estaba ocurriendo, más para mantener su cordura que para que alguien lo encontrara e hiciera algo.
Llevo tres días atrapado en esta manzana. No sé quién está detrás de esto. Hoy ha brotado un poco de agua de la tapa con fuga, lo justo para sobrevivir unos días más. Tiene que ser alguien con mucho poder o un maldito loco para conseguir aislar un bloque de casas en medio de la ciudad. Aunque pienso que el que me hayan elegido es un error, ya que soy un ciudadano modélico. ¡Pago todos mis impuestos puntualmente! Sinceramente creo que si ahora me sacaran y me dijeran que era una broma, no me enfadaría, el alivio sería tan grande…
Cuarto día: He intentado de nuevo forzar alguna puerta o escaparate y he descubierto que toda la manzana ha sido modificada y cuando digo modificada me refiero a sustituida. Los cristales y puertas de los bajos, primeros y segundos pisos son blindados. He tratado romperlos, incluso he arrancado unos adoquines del suelo y los he arrojado contra las ventanas de los primeros pisos. Siempre rebotan sin producir daños aparentes. Este sitio es una cárcel. Empiezo a perder la esperanza. ¿Qué sentido tiene todo esto?
Quinto día: Se me han acabado los caramelos. Tengo un hambre desproporcionado aunque la sed se encarga de ocultármelo. Si no consigo algo de beber pronto o tengo la enorme suerte de que llueva, moriré en unos días.
Sexto día: He vuelto a intentar cruzar con las pocas fuerzas que me quedan. Si no llego a retroceder a tiempo, me pasan por encima. Esto es una locura. Observando los escaparates con detenimiento, la desesperación te aumenta las dotes de observación, he descubierto que parecen que contienen cosas pasadas de moda, como si llevaran ahí mucho tiempo. Este maldito lugar es un montaje, un escenario…
Séptimo día: La sed me mata. Cuando me levanto me mareo y empieza dolerme la cabeza. Los diez minutos de “calabobos” que cayeron ayer por la noche, no aplacaron mi sed. Lo que ha hecho ha sido prolongar un poco mi agonía.
Octavo día: tengo mucho dolor de cabeza, parece que me va estallar. Escribir estas líneas estoy haciendo gran esfuerzo, esto seguir así, no poder seguir… escribiendo. A ratos pierdo… conciencia. Tengo alucinaciones…
Décimo día: ¿Por qué yo? ¿Por qué? No quiero morir, no quiero morir… No… Yo… No…
Informe preliminar de Joss Blad, Jefe de división de la unidad de estadística de la resistencia de la vida.
Ya he ordenado la comprobación de las constantes vitales, ya que lleva sin moverse más de cinco días. Ha muerto sin duda alguna. Al mirar el monitor diecinueve, veo que el jefe de operarios apunta con el pulgar hacia abajo, tras comprobar sus constantes. Acto seguido ordeno al equipo de limpieza que recoja el cadáver y que den paso al equipo de reparaciones para que sustituyan las papeleras, los adoquines y demás desperfectos provocados por el individuo sesenta y siete.
El final de mi informe será entregado en el plazo convenido.
– ¡Vaya! Este sí que ha durado -exclamó mi ayudante.
– Sí. El aislado de la manzana catorce, el sesenta y siete nos ha roto todas las estadísticas. Eso demuestra que deberemos seguir investigando aún más.
– ¿Ah, sí? ¿Cómo ha muerto?
– No te lo vas a creer, de hambre y sed.
– ¿Es el primero?
– Sí. Hay que modificar la tabla, mírala.
<<Ahorcados>>73
<<Atropellados>>197
<<Clavándose algo en el corazón>>16
<<Corte de venas>>27
<<Corte yugular>>36
<<Corte arterial>>28
<<Decapitados>>14
<<Electrocución>>29
Acerca del autor:
Juan Moro
e-mail: jmoronet@yahoo.es
Ha trabajado durante diez años como primer ayudante de dirección cinematográfica y guionista en largometrajes, cortometrajes (españoles e ingleses), animación, videoclips y anuncios publicitarios. Ha vivido durante un año en New York, largos períodos en Londres, Dublín y París, lo que le ha dado otro punto de vista acerca de algunas culturas occidentales, y una perspectiva de la vida y de hacia dónde se dirige nuestra raza. Es tal vez por eso que se dedica al campo de la ciencia ficción. Ha escrito varias novelas y multitud de relatos, y tras la insistencia de sus lectores, decidió publicar esta obra.
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