El Sanador

EL SANADOR

 

 

         Comprobó su cartera, le quedaban cinco euros. Estaba a día cinco del mes y eso era todo lo que tenía para gastar. Los cincuenta euros que había ganado de madrugada en el puerto descargando pescado, los había metido en el banco para que Elena, su mujer, tuviera algo de saldo cuando fuera a la compra. Estaban con el agua al cuello, ese mes se les había acabado el subsidio del paro y Elena estaba casi en el tercer mes de embarazo, aún no se le notaba, ni se le notaría hasta el sexto o séptimo, siempre había sido un poco llenita, bueno, muy llenita, pero a él le gustaban las mujeres así, que tuvieran algo donde agarrar. Las deudas empezaban a ahogarlos y pronto no les fiarían en ningún lado. Ya debían tres meses de comunidad y uno de alquiler. Su casero era un santo, una buena persona, pero no un idiota.

         Entró en el bar de Paco, un viejo amigo de la infancia que todos los días, desde hacía meses, le ponía un café y cuando le iba a pagar, siempre le decía que ya lo haría cuando tuviera un trabajo estable, que se lo apuntaba, “hoy por ti y mañana por mí, que yo sé lo que es tener una mala racha”. Marisa, una camarera de veintidós primaveras realmente bonita, le sonrió y, como venía siendo habitual, le guiñó pícaramente y le puso un cortado. Cualquiera hubiera concebido esperanzas de ligársela, pero además doblarle la edad y de amar con locura a su mujer, era demasiado delgada para él, como esas escuálidas modelos de la tele. Sin mediar palabra, la otra camarera, Desiré, le acercó el periódico. Con una sonrisa y un gesto se lo agradeció y, sin preámbulos, lo abrió por la bolsa de trabajo. Sacó un arrugado block de papel y con un trozo de lápiz empezó a apuntar los teléfonos y trabajos en que quizá podrían contratarle.

         Llevaba la mitad de la bolsa revisada, cuando entró un chico de unos treinta años. Llevaba repeinado su negro y liso pelo hasta casi cubrirle los ojos. La camisa de cuadros por fuera y el pantalón medio caído y redoblado en la parte de debajo de las perneras, dejando al aire los calcetines blancos y unas destrozadas Adidas. En cuanto abrió la boca, se dio cuenta de que no era normal, era un simple. Se acercó a la barra y se dirigió a las camareras que le debían de conocer, porque le sonrieron y le llamaron por su nombre, Alex. Hablaba el doble de alto de lo necesario, se le oía en todo el bar y seguro que en parte de la calle.

         – ¡HOLA, MARISA! ¡HOLA, DESIRÉ! ¿QUÉ HABÉIS COMIDO? –voceó.

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  1. #1 by Adriana on 25/feb/2012

    Muy bueno,me ha hecho pensar… algo triste pero me ha mantenido en vilo todo el rato.

    un beso, su lectora, Adriana.

  2. #2 by Super Biceps on 15/dic/2011

    Muy bueno pero para mí, un tanto deprimente… o desmoralizador…

  3. #3 by Bebeto on 12/dic/2011

    ¡Joder! ¿Me está diciendo que un tío con ese poder no ha podido encontrar otra solución? (no se enfade que me ha gustado… pero el final me ha descolocado)

    Bebeto…..

  4. #4 by skinheta on 12/dic/2011

    Ya me gustaía a mí tener esos poderes, se iba a enterar más de uno… (bueno también haría cosas buenas…)

  5. #5 by Linux on 14/jul/2011

    Bueno, largo, bien atado pero lo siento no me ha gustado tiene un final triste y eso no me gusta…Creo que los lectores no estamos acostumbrados a finales como ese, pero acepto que los haya.

    Un lectro crítico. Siempre suyo. Linux.

  6. #6 by Carol on 18/may/2011

    Desconcertante. Me ha gustado mucho, me ha recordado vagamente a x-men (me refiero a lo de la marginación y lo buitres que seríamos con ellos) Me ha gustado así que probaré con otro…

    un besito.

  7. #7 by García. on 29/mar/2011

    Alucinante relato!!!!!

(No será publicado)


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