El Inspector (Cloarca nº1)

El Inspector

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EL INSPECTOR

 

 

 

 

 

 

 

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EL INSPECTOR 

    Era increíble, al final era él quien tenía que visitarlo. El mejor Inspector, el número uno. Una semana de viaje infernal, respirando una y otra vez el mismo aire reciclado. Casi sin poder moverse. Había hecho de todo para no ir. ¡Pero si incluso había saboteado el ordenador de destinos de la SEDE! La única explicación es que alguien le había visto y había deshecho su trampa. Ya descubriría quién y se lo haría pagar. ¡Tenía que tocarle a él, a él entre cincuenta mil inspectores! Miró el monitor de situación, estaba a punto de llegar. Enseguida la Torre de comunicaciones establecería contacto. El ordenador de la nave le indicó que había cruzado el perímetro de alcance de la Torre. Se detuvo, más por protocolo que por otra cosa, porque podía seguir y recibir las instrucciones en ruta, era bien sabido, que un Inspector era todopoderoso y nadie osaba ponerle trabas. Esperó unos segundos, pero no recibió nada. Observó los controles y los datos suministrados por el navegador, todo estaba en orden. Tal vez hubiera algún error en los planos galácticos y el alcance de la Torre no estuviera bien delimitado. Decidió avanzar un pársec más y volvió a detenerse. Nada. Silencio absoluto. ¡Iba a tener que ser él quien llamara! ¡Sabían que llegaba hoy! Avanzó otro pársec y al cabo de cinco minutos llamó.
    – Torre de Cloarca. Aquí nave de inspección f/x Delúxe. ¿Me oyen? Torre de Cloarca. Aquí nave de inspección f/x Delúxe. ¿Me oyen? -repitió obteniendo sólo silencio.
Su cabreo iba en aumento. ¡Ya lo sabía! ¡Iba a ser una inspección infernal!
    – Torre de Cloarca. ¡Por todas las malditas tripas y excrementos de las ratas de tres cuernos del gran basurero-agujero negro de la Vía Láctea! ¡Respondan! ¡Por sus puñeteras almas, si no quieren que les empapele más les vale que respondan! -espetó furioso.
    – Vale, valeee. Deje de gritar tío. Tranqui, que yo no sé cómo se maneja esto. Llevo una hora tocando botones -dijo una gangosa voz.
    – ¿Quién demonios es usted? ¿Dónde están los técnicos de la Torre? -preguntó desconcertado.
    - Mire, yo también estoy aburrido. He llegado hace una hora con una pizza que encargaron hace dos días. Sí, lo sé, me he retrasado un poco, pero eso ya lo avisa nuestra publicidad y ya ve, aquí estoy esperando que vuelvan y me paguen, porque yo no me voy de aquí sin cobrar. No se imagina la mala leche que tiene mi jefe. Fue pirata-base y su mal humor es…
    – ¡Déjese de rollos! ¿Que vuelvan de dónde? -preguntó sorprendido.
    – De la despedida de soltero del Jefe de la Torre. O eso pone en la nota, aunque también pone que regresarán cuando le convenzan de que soltero se vive mejor… igual tardan un poco.
    – ¿Pero qué pasa allí? ¿Se han vuelto locos? ¡No se puede dejar sin personal una Torre de la Sede Mundial!
    – Oiga, a mí no me enmarrone, que yo sólo reparto pizzas. Como siga con esa actitud de ricachón, corto la comunicación y se busca la vida.
    – ¿Sabe quién soy yo? -preguntó ofendido.
    – ¿Y usted yo?
    – Soy el Inspector Perú Recondó Igelmós de la casa Burgeté -le dijo pomposo…
    – Y yo el súper repartidor Juan Fredy de la casa-orfanato “amigo de los niños” -replicó mofándose.
    No podía ser cierto lo que oía. No le había impresionado lo más mínimo. Cuando se lo contara a su concubina Elisiete no le iba a creer. Iba a tener que tomárselo con calma. No estaba dispuesto a permanecer ahí hasta que esos descerebrados de la Torre decidieran volver. Su tiempo era demasiado valioso. Eso, si no lo hacían totalmente borrachos o drogados hasta las cejas. Necesitaba los datos de aproximación, si no, podría caer en su estrella, chocar con el planeta, con una luna, con un asteroide… Un riesgo inaceptable para alguien de su rango. Sólo los basureros espaciales viajaban a ciegas.
    – De acuerdo. Escúcheme. ¿Ve un panel de color rojo?
    – No.
    – ¡Eso es imposible! Lo tiene que tener a su espalda.
    – Hay muchos -dijo indeciso.
    – Sólo el rojo.
    – Eeeeeh, tengo que confesarle una cosa.
    – ¡Qué!
    – Soy un poco daltónico.
    – ¿Cómo que un poco? ¿Y qué importa eso? El color que confunda con el rojo es el que debe elegir -dijo pensando que el tal Juan era idiota.
    – Espere, si no le he entendido mal lo que quiere decir es que si el rojo lo veo como azul, eso significa que el azul es el rojo y por tanto el panel que usted me dice.
    – Veo que lo ha entendido. Ahora dígame qué pone en la pantalla de ese panel -dijo cansado.
    – No va a ser tan… fácil.
   – ¿Por qué? -preguntó armándose de paciencia y secándose el sudor de su amplia frente. Hacía muchos años que había perdido su melena y había tenido que cortárselo casi al cero.
    – Es que soy un daltónico… cámbico.
    – ¿Cámbico? ¡Por las resacas del Dios Baco! ¿Qué es eso?
    – La verdad es que no se llama así. El doctor me dijo cómo se llamaba realmente pero entre la palabreja y que acabada de salir de un coma etílico, no le entendí muy bien. Lo que le puedo decir es que a veces el rojo lo veo de un color y otras de otro.
    – ¡No lo puedo creer! ¿Cada cuánto le cambia el color? -preguntó pasmado. Era la primera vez que oía algo así.
    – Cada cinco minutos.
    – Bien, mire los paneles y cuando cambie me lo dice.
    – Entendido. ¿Le parece bien que le cuente la historia de mi vida mientras esperamos?
    – ¿Está de broma?
    – Oiga, no se ponga así que yo lo decía por matar el rato.
     – ¡Mire los paneles!

    Cinco minutos después, en los que sin parar de hablar, relatándole lo “guay” que era ser pizzero y las maravillas de manejar una moto-cohete, notó el cambio.
    – ¡Ya ha cambiado el color!
    – Bien, ¿qué pone en el panel?
    – ¿En cuál?
    – ¿Cómo que en cuál? ¡En el rojo!
    - No sé cual es el rojo.
    – ¡Mierda! El que ha cambiado de color.
    – ¡Upss! Ya sabía yo que me olvida de decirle algo.
    – ¿EL QUÉ?
    - Que no sólo cambia de color el rojo, sino todos los colores.
   No podía estar ocurriéndole eso a él, al gran Inspector Perú Recondó Igelmós de la casa Burgeté. Famoso, por tocar en el grupo musical de la Sede Mundial, en play back, claro, como mandaban los cánones, ya que así sonaban mucho mejor los conciertos. Héroe, por salvar de la extinción a los famosos animales: los Fotocometas voladores de los cinturones de asteroides Acturianos. Reputado profesional, por batir el record de inspecciones de las pequeñas villas de las lunas multipropiedad… ¿Qué hacía ahí hablando con un retrasado que repartía pizzas?
    – Probaremos otra cosa -dijo pensando que fracasar sería un manchón en su historial que no iba a permitir.
    – Lo que usted diga, yo no me voy a mover de aquí sin cobrar y así no me aburro.
    – Le voy a enviar un plano del interior de una Torre estándar y le marcaré con una cruz…
    – ¿De qué color?
    – ¿De qué co…? ¡Qué más da! El panel con una cruz es el rojo.
    – Entiendo, así sabré qué color veo ahora en lugar del rojo. ¡Es usted una buena persona!
    – ¡Idiota! ¡Lo que quiero es que me diga lo que pone en la pantalla de ese panel!
    – ¿Qué panel?
    – ¡EL ROJO! -gritó.
    – Creí habérselo comentado. ¿No le dicho que soy daltónico?
    – ¡Le juro que cuando baje le voy a despellejar!
    – ¿Por ser daltónico? ¿Es usted uno de esos racistas con los minusválidos? ¡Oiga que no todo el mundo es perfecto!
    – ¡La madre que le…! Quiero que me lea los datos del panel marcado con una equis.
    – Aquí ninguno va marcado con una equis.
    – ¡En el plano que le envío!
    – ¡Ahora lo entiendo! Es que se explica usted muy mal. Tardaré un poco. Hay muchos paneles aquí.
    – Puedo asegurarle que esperaré ansioso.
   Al cabo de cincuenta minutos se le acabó la paciencia y llamó de nuevo.
    – Torre de Cloarca. Aquí nave de inspección f/x Delúxe. ¿Me oye?
    – ¿Sí, quién es?
    – ¿Cómo que quién soy? El de antes.
    – ¿El de antes?
    – ¿Usted es el súper repartidor Juan Fredy de la casa-orfanato “amigo de los niños”? -le preguntó. Había apuntado su nombre porque pensaba encargarse de él personalmente. Cuando acabara, no iba encontrar trabajo ni recogiendo excrementos en una planta embotadora de alimentos para los planetas del tercer sector galáctico.
    – ¡EH! Me conoce, veo que mi fama de pizzero va en aumento.
    – ¡Claro que le conozco! Acabamos de hablar.
    – ¿Ah, sí? No lo recuerdo.
    – ¡Soy el Inspector Perú Recondó Igelmós de la casa Burgeté!
    – ¡Upss! ¿Hemos hablado hace más de media hora? -preguntó tímido.
    – ¡UNA HORA HA PASADO! ¡ESTOY HARTO DE ESPERAR UNA RESPUESTA! -le gritó.
    – Eeeeehhh, me temo que habré olvidado decirle algo.
    – ¡Ya sé que es daltónico!
    – ¿Soy daltónico? ¿Lo sabe mi madre? -preguntó preocupado.
    - ¿Pero qué demonios le pasa, me está tomando el pelo?
    – Espere, sí, es verdad, lo pone aquí en la tablilla que llevo colgada del cuello y también pone que soy alzeimérico.
    – ¿Alzeimeriqué…?
    – Que olvido parcialmente las cosas cada treinta minutos.
    – ¡NO PUEDE SER! ¡MALDITA SEA! ¡ME HA TOCADO EL MÁS INEPTO DE LA GALAXIA!
    – Oiga, no se enfade, que soy minusválido o eso pone aquí.
    – ¿Ve el plano en la pantalla de debajo de sus narices? -dijo tras respirar cinco veces con lentitud.
    – Sí.
    – ¿Ve en el plano un panel que está tachado con una cruz? -dijo tratando de no soltar un improperio
    – Sí.
    – Imprímalo en plastictrás, de forma que sea transparente todo menos los diseños.
    – ¡Hecho!
    – Ahora cójalo con las dos manos, extendido, y aléjelo de su cara todo lo que pueda, superponiéndolo a los paneles del fondo.
    – No cuadra.
    – Dele la vuelta girándolo ciento ochenta grados.
    – No cuadra.
    – Lo tiene del revés. Dele la vuelta.
    – No cuadra.
    – Dele la vuelta de nuevo girándolo ciento ochenta grados.
    – ¡EEEEHHHH! Cuadra.
    – ¿Ve que el plano marca con una equis el panel roj… un panel?
    – Sí.
    – Acérquese a ese panel y dígame qué pone en la pantalla.
    – Voy…
    – ¿Bien?
    – Es que no llevo las gafas…
    – ¡LE VOY A MATAR, SE LO JURO!
    - No se ponga así, que las tengo abajo, en la moto-cohete.
    – ¡Vaya a por ellas!
    – Voy.
    Veinte minutos después volvió a llamar.
    - Torre de Cloarca. Aquí nave de inspección f/x Delúxe. ¿ME OYE, MALDITO IMBÉCIL?
    – ¡Eh! Sin insultar. ¿Quién es?
    No podía creerlo, tenía que empezar de nuevo. Estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa.
    Diez minutos después estaba como al comienzo.
    – ¡Póngase las gafas!
    – Veo que me conoce bien. ¿Hace mucho que somos amigos?
    – ¡UNA ETERNIDAD! ¿Ve el panel que tapa la equis?
    – Sí.
    – ¡POR FIN! ¡DÍGAME LO QUE PONE SI NO QUIERE QUE ME DÉ UN ATAQUE!
    – Bien, pone… ¡Upsss!
    – ¿UPSSS? ¿UPSSS? ¿UPSSS, QUÉ? -preguntó angustiado.
    – Ya han pasado mis tres horas mensuales.
    – ¿TRES HORAS? ¿TRES HORAS DE QUÉ? -volvió a preguntar al borde de un ataque de nervios.
    – De visión. Soy pobre oiga y mis implantes oculares sólo funcionan tres horas al mes, vuelvo a ser ciego.
    – ¡HAAAAAAAAAAAAAA! ¡ME VOY! Diga a los de la Torre cuando les vea que… que… ¡QUE HAN PASADO LA INSPECCIÓN! ¡NO PIENSO VOLVER!
    – ¿Le he contado que soy alzeimérico? Porque no creo…
    – ¡BASTA! Le envío un certificado firmado y rubricado. ¡VAYANSE A LA MIERDA!
    La pantalla de seguimiento mostró cómo la nave de inspección se alejaba a toda velocidad y desaparecía en la negrura del espacio.
    En ese momento entró el Jefe de la Torre. Traía unos bocatas de perro-gato que tanto les gustaban a ambos.
    – Hola, mi fiel ayudante -dijo jocoso.
    – Has tardado mucho.
    – He tenido que hacer cola. Estaba petado de jóvenes con granos que querían no sé qué muñeco de promoción. ¿Alguna novedad?
   - Sólo uno de eso inspectores de la Sede…
   - Algún día uno de esos capullos va a pasar del sistema de protección y va a aterrizar.
   – ¿Y no seguir el protocolo de la Torre? Antes se mueren, son todos iguales…
   – Eres un monstruo, pobrecitos. Dale un golpe al bloque de coordinación de sistemas, que se ha vuelto a apagar.
Y dándole una fuerte patada dijo irónico;
   – Menos mal que nunca nos inspeccionan.

 
Acerca del autor:

Juan Moro
e-mail: jmoronet@yahoo.es
Ha trabajado durante diez años como primer ayudante de dirección cinematográfica y guionista en largometrajes, cortometrajes (españoles e ingleses), animación, videoclips y anuncios publicitarios. Ha vivido durante un año en New York, largos períodos en Londres, Dublín y París, lo que le ha dado otro punto de vista acerca de algunas culturas occidentales, y una perspectiva de la vida y de hacia dónde se dirige nuestra raza. Es tal vez por eso que se dedica al campo de la ciencia ficción. Ha escrito varias novelas y multitud de relatos, y tras la insistencia de sus lectores, decidió publicar esta obra.

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