Hospital Central (Cloarca nº7)

HOSPITAL CENTRAL

 

         Estaba furioso, realmente furioso. El maldito hospital no sólo era un caos, sino una ruina. Iba a agarrar de las solapas al maldito borracho del Director y lo iba a abofetear hasta que le proporcionara los chips de cuentas y el inventario de material. ¡Se había encontrado un cadáver en la cochambrosa taquilla que le habían asignado y llevaba tanto tiempo dentro que estaba momificado!

         Abrió la puerta de una patada. El Director estaba con la cabeza apoyada sobre la mesa. Al lado un tetrabrik de vodka con pipermín y pimientos del morrón. Se le añadía alcohol de quemar y harina de huesos, que las malas lenguas decían que eran humanos, para convertirlo en un engrudo parecido al yogur. Todos los alcohólicos lo bebían porque era el más barato. Verdaderamente, lo más caro de ese producto era el envase.

         El muy desgraciado ni se había inmutado. Dio un sonoro portazo y continuo imperturbable. O estaba en coma etílico o…

         – ¡Director! –espetó golpeando la mesa con el puño. No se movió. Rodeó la mesa y le levantó la cabeza. Una gruesa baba blanca y los ojos en blanco le indicaron que estaba muerto. En ese instante, entró González que miró la escena entre sorprendido y divertido.

         – Así que lo ha matado…

         – No digas estupideces, se ha matado él solo con esa porquería –replicó señalando el tetrabrik.

         – Vale, vale, lo que usted diga, si lo ha matado y no quiere reconocerlo, yo no soy nadie para obligarle a hacerlo –dijo dirigiéndose a un archivador del que sacó una reliquia de PDA que debería estar en un museo.

         – Oye, que yo no…

         – Sí, sí, sí… Venga, firme en expediente de defunción –le pidió entregándole el trasto.

         Tanos colocó el pulgar sobre la pequeña pantalla.

         – ¿Qué hace? Firme, hombre, firme. Este cacharro no tiene reconocimiento dactilar. ¡Será pijo!

         En cuanto se la entregó, la colocó sobre una mugrienta base de conexión que transmitió los datos.

         – ¿Cuánto tardará la policía local en llegar? –preguntó asqueado, en parte por la peste del despacho, en parte por el olor del tetrabrik.

         – ¡JA, JA, JA! ¡Muy bueno! Esos no vienen por aquí a no ser que les paguemos, cosa que no vamos a hacer. ¿Verdad, Director? –le sugirió guiñándole un ojo.

         – ¿Director? ¿Qué le ocurre? ¿Ya se ha vuelto totalmente tonto? –le rebatió sorprendido.

         – ¿Cómo? ¿No lo sabía? Ya me decía la parienta que no podía ser tan listo… –ironizó.

         – ¡Quiere hablar claro, pedazo de animal!

         – ¿Entonces es verdad que se notan?

         – ¿Se notan… el qué?

         – Mis implantes genitales de gorila transgénico.

         – ¿Sus…? ¡Explíqueme lo de “Director”!

         – ¡Ah, sí! El que firma la defunción del Director, se queda con su puesto –dijo a bocajarro extrañamente circunspecto.

         – Y… ¿Por qué no lo ha hecho usted?

         – ¡Sí, hombre! Yo no me como ese marrón –respondió saliendo y cerrando la puerta tras de sí. Sus fuertes y sonoras carcajadas la atravesaron sin dificultad.

 

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  1. #1 by Jaime J. on 6/feb/2012

    Me los voy descargando poco a poco y este si lo lees por encima te deja un regusto de esperanza pero si lees entre líneas es tan crítico como los demás. Te ries y te hace pensar… Un abrazo desde Jaén.

(No será publicado)


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