Teletransporte (Montel nº1)

Teletransporte
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TELETRANSPORTE
La nave aterrizó con suavidad sobre la arena, hundiendo unos centímetros sus cuatro patas de soporte. Miraron el nivel de radioactividad. Era alto, pero sus trajes estaban diseñados para ello. Bajaron cuatro. Los seis restantes, permanecieron abordo. Cuando salieron, avanzaron unos pasos y, volviéndose, saludaron a los compañeros que, seguro, les estaban observando con envidia en la pantalla principal. La nave de descenso era grande, poderosa, imponente, como dos platos cóncavos unidos por sus bordes. Su metalizada envoltura brillaba con fuerza bajo los potentes rayos del sol. Miraron a su alrededor. El lugar debía haber sido un arenal junto a un mar y ahora distaba más de diez kilómetros. La glaciación del norte del planeta había hecho descender los niveles de los océanos y los mares.
Las ruinas se encontraban a poco más de cinco kilómetros, un paseo en un planeta con una gravedad tan baja. Los árboles estaban retorcidos, achaparrados y sus copas terminaban en tres o cuatro puntas. La vegetación parecía enferma y rala a causa de la radiación.
El sol calentaba con fuerza pero el sistema térmico de sus trajes les refrescaba. Enseguida empezaron a ver insectos que pululaban entre las plantas y algún que otro pequeño animal que correteaba huyendo en cuanto les percibían. Por su aspecto parecían algún tipo de reptil. Serían objeto de estudio después de inspeccionar las ruinas. ¡Llevaría décadas estudiar ese planeta! Harían falta muchos más hombres y mejores equipos. Era la joya de las joyas para cualquier arqueólogo. Parecía increíble que la estrella más cercana a la suya tuviera un planeta que albergara vida. ¡A tan sólo cuatro años luz!
Tardaron algo más de una hora en llegar a los primeros y ruinosos edificios, casi irreconocibles. Con prudencia siguieron avanzando por lo que debió ser una gran avenida. La mayoría de los edificios altos se habían caído pero casi todos los que tenían menos de veinte plantas permanecían en pie y sus estructuras aparentaban buen aspecto. ¿Qué tesoros conservarían en su interior? ¿Qué vestigios de los seres que los habitó? ¿Se conservarían archivos de algún tipo? ¿Imágenes? Tantas preguntas se agolpaban en sus mentes… Pero la principal era qué había ocurrido con una civilización tan avanzada para desaparecer así, de golpe.
Entraron en varios de los edificios descubriendo, con asombro y regocijo, que había habitaciones e incluso plantas enteras que permanecían casi intactas. Además, muchas conservaban restos de algunos de sus moradores. La mayoría parecía haber muerto simultáneamente, de manera inesperada y mientras realizaban sus rutinas diarias.
Una hora más tarde, entraron en un lugar que, sin duda alguna, sería un paraíso para todo arqueólogo que llegara al planeta. Era un sitio lleno de bloques de pasta de papel. Más tarde supieron que lo llamaban “biblioteca”. Usaron varios de los que llamaban libros con fotos para que su máquina asimiladora de datos pudiera traducirlos. ¡Llevaría años descifrarlos!
Permanecieron dos días en la casa de bloques de pasta de papel. Empezaron con un pequeño grupo de veinte que trataba sobre la historia de la raza. ¿Cómo era posible que una civilización tan avanzada se matara entre ellos de esa manera? ¿Qué había ocurrido? Porque según el último libro, a pesar de que hubiera muchos conflictos entre ellos, habían alcanzado un equilibrio de poder entre las distintas facciones que finalmente favoreciera una paz consensuada. Eso, en especial, desconcertaba al arqueólogo Montel.
Llevaban ya un mes en el planeta y habían enviado multitud de informes a la Sede Central. La respuesta de sus líderes había sorprendido al grupo e irritado especialmente a Montel. No entendía por qué no estaban dispuestos a enviar más refuerzos hasta que descubrieran qué había extinguido a esa raza. Se negaban a enviar cualquier tipo de ayuda hasta que no recabaran datos inequívocos de su final.
Estaba tan furioso, que el mismísimo Capitán le rogó que saliera de la nave y se fuera por la antigua playa a dar un paseo, eso sí, sin alejarse demasiado.
Dado que los demás también se lo aconsejaron, salió y se alejó en dirección contraria a la ciudad. ¿Cómo era posible que no les enviaran más hombres? ¡Semejante descubrimiento! Una raza extinta con ciudades casi intactas. Era suficiente observar la antigua playa para darse cuenta del error. Aunque el mar estaba a muchos kilómetros de distancia, se veían restos de la civilización diseminados por todas partes; botellas, latas, cacharros… Por no hablar de la vegetación, de los animales, de las conchas fósiles, de las huellas de pies… ¿¿¿¿¿¿Huellas de pies?????? El corazón casi se le detiene. ¡Huellas, huellas de un bípedo… con pies como los suyos! ¿Alguno de la nave? Imposible. Nadie salía sin traje. Aunque la radiación aquí era más tolerable, seguía existiendo el riesgo de una posible contaminación biológica.
Parecían recientes. En sus cavilaciones se había alejado mucho de la nave y no se había llevado el intercomunicador, en un principio no era importante ya que desde ella estaba constantemente localizado. Si regresaba, podía perderse el rastro o no encontrarlo. Dudó un par de segundos y decidió seguirlo. Observó las pisadas con detenimiento y vio que el pie tenía cinco dedos iguales a los suyos y que, por el tamaño, pertenecían a alguien más bajo que él; debía medir un metro sesenta, tal vez sesenta y cinco. Comenzó a seguir las huellas y al cabo de cinco minutos una luz violeta se encendió en el interior de su casco. Alguien en la nave le avisaba que seguía alejándose y que debía regresar de inmediato. Tres minutos después empezó a parpadear con fuerza y se volvió roja. Si no volvía, saldrían en su busca. Mejor. Eso era lo que quería, estaría más seguro. Por suerte, todo el lugar era una zona llena de dunas así que sus huellas, al igual que las del ser, quedaban claramente marcadas.
Recorrió poco más de dos kilómetros y llegó a su meta. Una casucha hecha de viejos y descoloridos tablones con un parcheado techo del que salía humo a través de un tubo sin cubrir. Estaba en medio de una explanada y la rala vegetación no daba opción a que nadie se pudiera ocultar. Tras dudar durante más de diez minutos, tomó una osada decisión. Sabía que era una locura pero optó por avanzar a campo abierto, directamente hacia la puerta. Cuando estaba a medio camino, salió. Por lo que podía apreciar, parecía un anciano. Llevaba un cubo de metal y no reparó en Montel. Se alejó de la casa media docena de metros y arrojó un contenido amarillento sobre las dunas. Renqueaba de la pierna derecha e iba cubierto con ropa vieja, rota y sucia. Cuando se giró para volver le miró y durante una fracción de segundo pareció que iba a echar a correr pero, en vez de eso, entró en la casa.
¿No le había visto? ¿No le había reconocido como a un igual? ¿Le importaba un comino su presencia? Demasiadas preguntas sin respuesta. Jugándose el todo por el todo fue hasta la puerta y llamó con los nudillos. En ese instante cayó en la cuenta de que podía llevar una de esas armas que habían visto en los libros y, aunque su traje estaba compuesto de ironplastic, tal vez no aguantara el impacto de una de las grandes. De todas formas, ya era tarde.
Sin ceremonias, el anciano abrió la puerta y con un gruñido y un hosco gesto le indicó que pasara, desapareciendo en la oscuridad. Con el corazón latiendo a toda velocidad, se introdujo imprudentemente en las sombras. El visor del casco se adaptó a la penumbra reinante. El viejo se afanaba en revolver el contenido de un puchero de metal, colocado sobre una herrumbrosa cocina de fuego, de la que surgía un retorcido tubo que desaparecía en el techo. Por él salía el humo que había visto antes.
Lo primero que hizo Montel fue desprender de su pernera el translector verbal. Por suerte esa mañana lo había actualizado con los últimos datos recogidos. Lo activó.
- ¡Deje de mirarme el cogote, maldito alienígena y siéntese! –le ordenó.
El translector verbal conseguía la ilusión de que el sonido traducido saliera de su boca. A él le ocurriría lo mismo con Montel.
- ¿En la silla alargada? –preguntó dócil.
- ¿Ve otra cosa a su espalda? Y es una cama, idiota –le insultó.
Cogió un pequeño pote de metal y con un cazo que parecía del mismo material se sirvió el humeante líquido con repulsivos tropezones negruzcos. Luego se dio la vuelta y mientras lo sorbía, le estudió minuciosamente sin moverse.
- ¿Qué eres? ¿Un marciano? –preguntó mirando con inteligencia al translector verbal.
- No. Vengo de la estrella que ustedes llaman Próxima Centauri –dijo sin conseguir causarle la menor impresión.
- Ya. Por lo que me deja ver su casco y su traje se parecen mucho a nosotros.
- Sí… eeeh, ya lo habíamos pensado…
- ¡Déjese de chorradas! ¿Han visto los cadáveres de la ciudad o lo que queda de ellos?
- Sí. ¿Qué es lo que…?
- ¿Quiere un consejo?
- Todo anciano posee sabiduría.
- Valiente chorrada. Se lo daré de todas formas. ¡Lárguense de aquí cuanto antes! ¡Y no vuelvan! –espetó inesperadamente.
- Pero podríamos ayudarles…
- Es lógico. Ustedes no podían ser una especie inteligente –dijo decepcionado.
- ¿Perdone? Hemos navegado cuatro años luz y…
- Ya, ya, ya, ya… Si fueran inteligentes no habrían venido. Hay más de mi raza que han sobrevivido. Por suerte no viven cerca. Si les descubren no pararan hasta acabar con ustedes.
- ¡Pero si venimos en son de paz! –exclamó Montel sorprendido.- Para ayudar, compartir… –continuó.
- Ustedes son peores de lo que pensaba. Son como niños. Mi gente no comparte. Se lo queda todo.
- ¿Pero qué sentido tiene eso? –preguntó a la vez que el anciano fruncía el ceño.
- Haga el favor de decir a los amigos que tiene fuera que entren. Soy viejo pero no estoy sordo.
No hacía falta que lo hiciera. Les estaban escuchando y transmitiendo todo a la nave. Los tres entraron en silencio, sentándose o apoyándose a su lado. Sus rostros denotaban fascinación ante el primer contacto con un ser de otro planeta.
- No queríamos…
- Normal que tuvieran miedo… –dijo el viejo-. Doy por sentado que no se irán si no les cuento lo que ha ocurrido aquí, ¿verdad? –preguntó disgustado
- No podemos asegurarle que aun así nos vayamos –le respondió sincero Montel.
- Lo harán cuando se lo cuente.
- Tiene toda nuestra atención.
Mi gente, como supongo que ya saben, estaba dividida en continentes y países. Para complicarlo todavía más también en distintos idiomas, incluso en el mismo país, y desde los inicios, nos habíamos estado matando entre nosotros. Nuestra carrera tecnológica, acelerada por el constante guerrear, estaba acabando con nuestros recursos. Los combustibles fósiles se agotaban, lo que haría que nuestra sociedad se colapsara a no ser que usáramos energías de tipo renovable como la solar, la eólica o, simplemente, la de las mareas. Pero claro… ¿Cómo íbamos a hacer lo correcto? ¿Cómo íbamos a hacer un esfuerzo que significara el recorte de nuestra buena vida? Nuestro egoísmo siempre vencía a la lógica. Así que tomamos un atajo.
- ¿Y qué hicieron? –preguntó Montel extasiado.
- Inventar una nueva mierda.
- ¿Mierda?
- El teletransporte.
- ¿Qué es eso? –preguntó uno de sus compañeros.
- Inventamos una máquina, bueno, en realidad, dos máquinas. Introducías algo en una y, al instante, aparecía en la otra aunque estuviera al otro lado del planeta.
- ¡Ese es un invento fantástico! –exclamó Montel.
- ¿Fantástico? ¿Qué les ocurre, son tan idiotas como nosotros? ¡Deberían lanzar todas sus bombas contra este planeta y exterminarnos! –dijo el viejo furioso paseando de arriba abajo.
- Tranquilícese, lo que ocurre es que no le entendemos. Parece una buena idea –dijo conciliador.
- Una buen idea, ¡puaf! –repitió escupiendo al suelo-. Como todas las buenas ideas de mi raza. El teletransporte nos destruyó –sentenció.
- ¿Cómo? –preguntaron casi al unísono. Les tenía en vilo y por lo que oían a través de los intercomunicadores, a los de la nave también.
- Se lo explicaré, pardillos. Parece maravilloso pero no lo es. Ya conocen más o menos cómo era nuestra sociedad, coches, aviones, polución… El teletransporte iba a terminar con eso, ¡JA! Al principio se usó con prudencia por que era caro, consumía mucha energía y por lo tanto sólo servía para enviar cosas muy caras y que debían llegar cuanto antes. Pero enseguida usamos nuestros conocimientos para abaratarlo y pronto llegó a todas partes. Primero a las grandes empresas que prescindieron del transporte por carretera, tren, barco o avión porque sus productos iban directamente a las grandes superficies, por poner un ejemplo, lo que provocó que la mayoría de las empresas de trasporte quebraran. El ahorro en el transporte consiguió que los precios en las grandes superficies bajaran por lo que las empresas medianas y pequeñas, para no desaparecer, se vieron obligadas a instalar cabinas de teletransporte. Así que los pequeños transportistas también se hundieron. Pero claro, no íbamos a parar. ¿Para qué demonios íbamos a desplazarnos hasta las grandes superficies? Así que salió al mercado la cabina de teletransporte del hogar. ¿Y no sería más barato elegir los productos en el ordenador y que la fábrica te los enviara? De esa manera eliminaríamos el coste de las grandes superficies.
- Entiendo, una crisis del sistema económico. Pero existen alternativas…
- ¿De verdad cree que paramos? La cabina se convirtió luego en un aparato de transporte humano. ¿Querías ir a ver a tu tía que vivía en otra ciudad? Salías a la calle y en la esquina tenías una cabina y al instante estabas en la calle de tu tía. Adiós a los coches autobuses, aviones comerciales, trenes… Todos desaparecieron. ¿Vacaciones? ¿Quién necesitaba agencias de viaje? Te metías en cualquier cabina y aparecías en cualquier parte del mundo. En una playa paradisíaca, en el monte, ante tal o cual monumento… ¿Hoteles? ¿Para qué? Te metías en otra cabina y dormías en casa.
Llegó un momento que había cabinas por todas partes y en todos los sitios. La tecnología apareció en la red, de forma que hasta el más tonto podía fabricarlas. Y seguimos… Los productores de petróleo, los países más pobres y con más conflictos, malvivían suministrando energía para las cabinas, pero eso también terminó en cuanto se dieron cuenta que la energía solar salía más barata. Se construyeron gigantescos campos de paneles solares y se teletransportaba la energía adonde fuera necesario. Eso implicó que se quedaron en la más absoluta ruina. La emigración a los países más ricos se convirtió en masiva, aunque ya no fueran ricos. La crisis de las cabinas los había hundido a todos. No había forma de pararlo. De modo que los países pobres, aún más empobrecidos, se convirtieron en un perfecto caldo de cultivo para extremistas y puedo asegurarles que dio igual la religión o el ideario político que profesaran porque no creo que hubiera un bando que no participara. Desde cualquier punto del planeta, en cualquier momento, se podía enviar una bomba a cualquier lugar. La masacre empezó casi al mismo tiempo en todas partes. Primero en las ciudades grandes, luego en las medianas y finalmente en las pequeñas. La radiación y la propagación de enfermedades víricas de nuestros laboratorios remataron el trabajo.
Estamos casi extinguidos y digo casi porque ustedes podrían ser la inyección de vitalidad que necesitarían los míos para volver a sembrar el caos. Si nos hacemos con su tecnología, nos extenderemos como una plaga por toda la galaxia. ¡Márchense y no vuelvan! –dijo poniéndose en pie señalando la puerta, no dando opción a réplica.
Todos se levantaron y sin decir nada, salieron. Cuando llegaron a la nave el Capitán les estaba esperando.
- Conecten sus translectores verbales con el mío –les ordenó.
Una luz violeta se encendió en el interior de todos. Indicaba que se había producido un borrado total. En ese instante Montel vio que no había nada en la nave, todas las muestras y objetos terrestres habían desaparecido.
- Ya hemos recogido todas nuestras cosas.
- ¿Nos vamos a ir? –preguntó decepcionado Montel.
- Cuando puedes evitar contagiarte o propagar un virus, lo lógico es hacerlo. Acabo de hablar con la Sede Central que ha seguido con atención todo lo relatado por el anciano, ha prohibido el acceso a este planeta y han decidido que no volveremos… ¡Jamás!
Acerca del autor:
Juan Moro
e-mail: jmoronet@yahoo.es
Ha trabajado durante diez años como primer ayudante de dirección cinematográfica y guionista en largometrajes, cortometrajes (españoles e ingleses), animación, videoclips y anuncios publicitarios. Ha vivido durante un año en New York, largos períodos en Londres, Dublín y París, lo que le ha dado otro punto de vista acerca de algunas culturas occidentales, y una perspectiva de la vida y de hacia dónde se dirige nuestra raza. Es tal vez por eso que se dedica al campo de la ciencia ficción. Ha escrito varias novelas y multitud de relatos, y tras la insistencia de sus lectores, decidió publicar esta obra.
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